lunes, 9 de mayo de 2016

La caída

Mirando lo que tengo alrededor me doy cuenta que sólo soy un simple observador. En el fondo es lo único que soy. Siento emociones, vivo, tengo necesidades, pienso, está claro. Pero en el fondo siempre estoy observando. 

Nos pasamos la vida entera buscando cosas que en el fondo no necesitamos. Muchas veces tener presente lo que creemos que necesitamos significa desatender lo que en realidad estamos buscando. Hablamos demasiado. Observar desde el silencio también tiene misterio. ¿Somos dueños de lo que sentimos? 

Yo sí que soy dueño de lo que siento porque interfiero en lo que siento y en lo que tengo alrededor, me cause o no me cause algo. Interferir en los sentimientos no significa únicamente saber controlarlos, más bien me refiero a otra cosa. Yo soy el dueño de todo lo que me ocurre, de lo que vivo, de lo que siento, de lo que escribo y de lo que creo creer. También de lo que creo. Y de lo que puedo crear. Tú, también, ¿lo sabes? Lánzate al vacío. Siente y observa.

Muchas veces veo personas que se dedican a vivir la vida leyendo su manual de instrucciones. Yo no sé nada de la vida salvo que vivo y conozco, no tengo manual de instrucciones. Si tuviera alguno sería un cuaderno lleno de hojas en blanco con algunos tachones y algunas rimas. De esto que te digo estoy totalmente seguro. Mi único interés aquí y donde sea es vivir. Con todo lo que ello conlleva. 

Nos preocupamos demasiado por lo que nos ocurre y lo que nos deja de ocurrir. Vivimos protegiendo lo que pensamos que es nuestro hogar hasta que nos damos cuenta que en el fondo vivimos en la constante búsqueda de nuestro hogar. Podemos alquilar un piso, condenarnos con una hipoteca, y pensar que somos más o menos libres porque tenemos nuestro espacio. Pero no es lo mismo tener un espacio propio que tener hogar. Y aquí Heidegger tenía razón. No es lo mismo residir en un habitáculo, o en una mansión, que habitar en un lugar y hacerlo tuyo. No tiene nada que ver. El ser humano se define por intentar habitar y nunca conseguirlo.

Ahora bien, la pregunta por el cómo habitar es una pregunta tremendamente compleja. Habitar no significa solamente intentar hacer mío un lugar, eso sería algo así como apropiarme de él. No estoy hablando en términos de propietarios. El habitar no tiene nada que ver con la relación de obligatoriedad ni con ningún tipo de relación legal, aunque sea cierto que todo habitar implica un posicionamiento con respecto a algo y por tanto el ejercicio de un poder. Pero eso es más un aspecto complementario al mismo hecho de habitar que una necesidad del habitar mismo. 

Vivimos en una sociedad que no hace posible habitares nuevos. Vivimos en la completa lejanía, en la distancia insalvable de las redes infinitas. La falsa sensación de refugio conlleva un desarraigo y una constante sensación de pérdida. Perdemos constantemente porque nunca llegamos a tener algo. Y es realmente ese movimiento constante en el que estamos sumergidos el que determina toda posibilidad de cambio. Y volvemos a caer, pero nunca hasta el fondo porque al final siempre nos quedamos en el aire. Y en ese aire vivimos. No sabemos construir nuestra propia casa porque ni nuestros propios pies están en el suelo. Pero claro, para pisar el suelo hace falta dejarse caer, y el problema viene cuando nos preguntamos si podremos o no soportar la caída.

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